El Intestino, nuestro segundo cerebro

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ARTÍCULO VERDADREAMENTE INTERESANTE DE LA FARMACÉUTICA NATURISTA: PALMIRA POZUELO, CITO:
Al iridólogo y médico alternativo Bernard Jensen se le atribuye la frase “La muerte empieza en el colon”, por ser el lugar donde se almacenan los desechos y tóxicos para ser eliminados del organismo, y donde se van a ir acumulando si no hay una adecuada higiene y funcionamiento intestinal.
Durante mis diez años de experiencia como farmacéutica rural pude comprobar que uno de los principales problemas de la población era el estreñimiento.
Había dos tipos de medicamentos muy demandados: los laxantes y por otro lado los tranquilizantes y antidepresivos, quizá en principio no se vea ninguna relación entre ambos problemas: ¿que tendrá que ver el intestino con el cerebro?, pero un mal funcionamiento intestinal genera una menor síntesis de neurotransmisores, como la serotonina, que influyen en el estado de ánimo y contribuyen a la tranquilidad y al bienestar físico y anímico.
La Toxemia intestinal puede ser la principal causa de enfermedades tales como:
Diabetes, Asma, Artritis, Ulcera Gástrica y duodenal, Gota, Inflamación de la próstata, Cáncer, insuficiencia hepática, biliar, cardíaca, renal y pulmonar, Hipertensión Arterial, Dolor de Cabeza, Migraña, Neuralgia, Tics, Irritabilidad, Depresión, Insomnio, Piel Marchita y Reseca, Caída de Cabello , Herpes, Acné, Trastornos del metabolismo, Obesidad, Hipo e Hipertiroidismo, (delgadez excesiva) Celulitis, gastritis, afecciones pulmones, envejecimiento prematuro, halitosis, enfermedades infecciosas, cansancio físico, etc.
La retención de desechos intestinales que el organismo ha acumulado en el colón para ser expulsados y así librar a nuestro organismo de ellos, genera una autointoxicación orgánica si permanecen más de un día en nuestro intestino, ya que hay un proceso de reabsorción intestinal, nuestro organismo economiza y quiere obtener agua y electrolitos de la masa aún líquida de heces a eliminar, pero quiere agua y electrolitos no materias tóxicas (productos de putrefacción del metabolismo bacteriano, productos tóxicos que el hígado ha eliminado vía biliar, etc). La reabsorción de materias tóxicas llegará vía vena porta hacia el hígado contribuyendo a la sobrecarga del mismo y de ahí pueden volver a distribuirse de nuevo hacia la sangre alterando y dañando otros órganos y estructuras.
Un estreñimiento de varios días produce una verdadera reabsorción de materias fecales tóxicas, que envenena y daña a nuestro organismo.
Antes de comenzar a ver las plantas medicinales nos pueden ayudar a mejorar nuestra salud intestinal, es prioritario rectificar hábitos alimentarios incorrectos. Con una dieta adecuada y la ayuda de las Plantas Medicinales nuestro intestino puede recuperar un estado saludable.
Para tener una buena salud intestinal, lo primero será instaurar unos hábitos dietéticos saludables, pues de ello depende que se tenga un intestino limpio, que evacue de forma regular, donde pueda instalarse una buena flora intestinal y el buen funcionamiento del sistema inmune que se halla directamente relacionado con la salud del intestino. La mayoría de los consejos de la dieta mediterránea son incumplidos por la mayor parte de la población, que realmente piensa que sigue una dieta mediterránea por vivir en un país mediterráneo y consumir aceite de oliva.
Los incumplimientos de estas recomendaciones que afectan a la salud intestinal son los siguientes:
Falta de fibra y prebióticos: (cereales integrales, fruta y verduras diariamente) de ello depende la correcta evacuación y los nutrientes necesarios para el alimento de nuestra flora benéfica fermentativa.
Fuentes incorrectas de grasas: Existe un excesivo consumo de grasas saturadas de origen animal y falta de grasas poliinsaturadas de origen vegetal, semillas o de pescados, se usa el aceite de girasol refinado principalmente para fritos y este ha sufrido un proceso de calentamiento en su obtención, que ha alterado sus ácidos grasos que no podrán ser utilizados metabólicamente.
Se puede suplir incorporando semillas y frutos secos sin tostar en la comida diaria: sésamo, lino, pipas de girasol, pipas de calabaza o semillas de chia.
Excesivo consumo de lácteos: no siempre fermentados, tal como recomienda la pirámide mediterránea y de animales grandes como la vaca cuya proteína, la caseína, es más difícil de digerir que la caseína de otros animales más pequeños como la cabra. El calcio se puede obtener de otros alimentos mucho más fáciles de digerir y además ricos en otros minerales, como algas, verduras o semillas. En caso de consumir lácteos , los recomendados serían yogur o kéfir de cabra ecológico o quesos de cabra poco curados y de origen ecológico.
Excesivo consumo de alimentos cárnicos y derivados: Lo que va a dar lugar al desarrollo de una flora putrefactiva que actúa sobre los restos de estos alimentos, desplazando a la flora benéfica fermentativa. Los vegetales fermentan, los animales se pudren, y según como sean los restos de nuestra dieta tendremos en nuestro intestino una flora benéfica fermentativa o una flora putrefactiva que nos generará metabolitos tóxicos como indol o escatol, resultado de estos productos de putrefacción.
Las sociedades desarrolladas tienden a consumir mucho más de las recomendaciones de proteínas, que oscilan en torno a un 10-12%, siendo superiores y llegando incluso al 20 o 30%.
En la pirámide de la dieta mediterránea se aconseja consumir carne una vez por semana, así se hacía en épocas pasadas, en tiempo de nuestros abuelos, pero ahora se hace diariamente, en forma de carne directamente o de embutido, rellenos, etc. Lo cual no es saludable, ni para nuestra salud ni para la del planeta (emisión de gases de efecto invernadero, destrucción de bosques para ganadería, explotación y sufrimiento animal), se ha de ajustar el consumo de proteínas a las recomendaciones nutricionales y disminuir el consumo de proteínas animales, que además son acidificantes, incorporando fuentes de proteínas vegetales como legumbres o frutos secos.
Utilizar trigos originarios como espelta o kamut, más fáciles de digerir que los trigos actuales muy hibridados y con mayor contenido en gluten, alternar su consumo con otros cereales y granos sin gluten como: mijo, kinoa o trigo sarraceno.
Son irritantes de la mucosa intestinal: el alcohol, los dulces muy refinados, el azúcar y los cereales refinados como el arroz blanco, pan blanco, pasta refinada, bollería y los picantes en exceso. También los excitantes como el café, te negro o chocolate.
Evitar la comida basura: pizzas, hamburguesas y precocinados que contienen harinas refinadas, salsas y aceites de baja calidad, además de varios aditivos alimentarios, fritos.
Para concluir, cada vez que comemos alimentos inadecuados, procesados, sin las fibras benéficas, con grasas alteradas y aditivos, estamos dañando nuestro santuario inferior intestinal.
Medicamentos que dañan la mucosa intestinal: principalmente los antiinflamatorios, que son unos de los medicamentos más utilizados por la población, además muchos de ellos no requieren para su expedición receta médica, van a tratar múltiples molestias, en las que aparecen tanto situaciones de inflamación, dolor o ambas a la vez, de modo que van a ser ampliamente utilizados para molestias leves u otras más graves, como un dolor de cabeza o un dolor menstrual, situaciones de traumatismos, contusiones, etc
No hay que olvidar que estos fármacos sólo tratan el síntoma y no la causa que lo originó y van a causar múltiples alteraciones orgánicas (enfermedades iatrogénicas) que en muchos casos requieren un nuevo tratamiento farmacológico, de nuevo sintomático.
Cada vez que tomamos un antiinflamatorio, las paredes intestinales se alteran, se vuelven permeables, se debilitan, pues se inhibe la producción de prostaglandinas gastroprotectoras, que producen un mucus protector que recubre todo el sistema digestivo. Los corticoides también producen este efecto, además de otros muchos efectos secundarios.
Los tratamientos antibióticos dañan la flora intestinal benéfica: Cada vez que tomamos un antibiótico (anti bios= anti-vida), además de destruir los gérmenes presentes en el proceso infeccioso, originamos una gran destrucción de estos seres benéficos que conforman nuestra flora bacteriana, por ello sentimos que tras esta medicación estamos más débiles, ya que están muriendo millones de nuestras bacterias intestinales, con lo que el aporte de todas los nutrientes benéficos que ellos sintetizan para nosotros disminuye. También es frecuente padecer una candidiasis tras un tratamiento antibiótico, ya que disminuye la presión sobre estos hongos intestinales y pueden multiplicarse. Pueden darse también infecciones vaginales o cistitis.

Plantas medicinales benéficas para la salud intestinal

Van a contribuir principalmente a reparar la mucosa intestinal por su acción emoliente y protectora, que además ayuda a aumentar el tamaño del bolo fecal y así regular el tránsito intestinal, otras van a tener una acción antiséptica y antiinflamatoria y otras una acción relajante sobre las terminaciones nerviosas que inervan el intestino.
1.- Plantas emolientes por su contenido en mucílagos:
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Llantén menor (Plantago lanceolata)
Planta muy común y fácil de reconocer y de observar por sus hojas en forma de lanza. Esta planta posee principios activos mucilaginosos, los cuales embeben agua y se hinchan provocando una evacuación de tipo mecánico, provocando que las heces se hinchen y aumenten de volumen, lo que nos ayuda en el proceso de defecación.
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Malva (Malva silvestris)
Planta también muy común en los campos y caminos, contiene también los principios activos mucilaginosos que contribuyen a la limpieza del intestino de modo suave y fisológico.
 
Malvavisco0
Malvavisco (Althaea officinalis)

Se utiliza su raíz en cocimiento, de mayor contenido en mucílagos que la malva y por tanto gran efecto emoliente, protector y reparador de la mucosa intestinal.
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Aloe vera:

Se utiliza la pulpa del interior de la hoja de aloe vera, que se obtiene exclusivamente a partir de la fracción mucilaginosa de la pulpa de las hojas de Aloe. Tiene una acción protectora y emoliente, reparadora y regeneradora de la mucosa intestinal.

2-Plantas antiinflamatorias:
Manzanilla: contiene aceite esencial rico en azuleno de gran acción antiinflamatoria y bisabolol de acción antiespasmódica.
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Milenrama: contiene también azuleno, y posee además de acción antiinflamatoria, una gran acción reparadora y cicatrizante.
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3-Plantas carminativas
Hinojo0
Hinojo (Foeniculum vulgare)
Hinojo, coriandro, anís, comino: poseen aceites esenciales que se eliminan principalmente vía intestinal, lo que contribuye a mejorar la eliminación de gases, además de estimular el peristaltismo intestinal y ejercer una suave acción antiséptica.
 
4-Antisépticos intestinales
Oregano0
Oríganum vulgare
Orégano, Tomillo, menta, poleo: su contenido en aceites esenciales de acción antiséptica, evitan la proliferación de patógenos en el intestino, disminuyendo también los procesos de putrefacción intestinal.
 
5-Plantas relajantes y antiespasmódicas
Melisa0
 Melissa officinalis
 Azahar, melisa, angélica, pasiflora, albahaca: actúan frenando la excesiva motilidad del tracto digestivo produciendo mejora en procesos digestivos alterados por un exceso de componente nervioso.
Infusión para la salud intestinal:
Malva, manzanilla, hinojo, poleo, melisa.
Mezclar a partes iguales y realizar una infusión con una cucharada de la mezcla por medio litro de agua. Tomar dos veces al día, una de ellas antes de acostarse.
Si tenemos un tubo digestivo mal cuidado, poblado de bacterias y hongos oportunistas y patógenos (en particular, Candida albicans) y contaminado por alimentos mal digeridos, corremos el riesgo de que se quede atascado por materia fecal tóxica. Esta situación puede provocar desequilibrios y trastornos de distinta gravedad.
En concreto, se puede sufrir estreñimiento habitual, gases, diarreas, inflamaciones de distinta índole, alteraciones en la piel, cambios de humor o enfermedades más graves, como una colopatía funcional, una diarrea sangrante e incluso cáncer de colon.
Al hacer una autopsia, es fácil comprobar si el colon de la persona fallecida se encontraba muy atascado por excrementos. Es el origen del dicho: “la muerte empieza en el colon”.
Un intestino sucio conlleva el riesgo de tener un sistema inmunitario deficiente. Se es más vulnerable ante enfermedades infecciosas e inflamatorias relacionadas con el aparato digestivo, respiratorio, urogenital, etc.
Además, tener el colon “enfermo” también es un factor desencadenante de trastornos emocionales. Poca gente lo sabe, ni siquiera todos los médicos, pero las células del intestino producen el 80% de la hormona del buen humor (la serotonina) que se encuentra en el cuerpo.
De alguna manera, el intestino es nuestro “segundo cerebro”, así que tenemos que cuidarlo muy bien.

Cuidar el tubo digestivo

El intestino no es ni una chimenea que haya que deshollinar, ni una tubería que haya que desatascar. De hecho, es más delicado, y a la vez mucho más sencillo.
Por lo general no deberíamos hacer nada. La madre naturaleza lo ha previsto ya todo: un ejército de miles de millones de microorganismos que pueblan el colon (el último tramo del intestino, justo antes del recto), que día y noche lo protegen y limpian impidiendo que las bacterias y levaduras dañinas se desarrollen e invadan la zona.
Los microbios del intestino son muy numerosos; hay hasta cien veces más que células tiene el cuerpo, es decir, unos 100 millones de millones..
Este inmenso ejército recibe el nombre de “flora intestinal” o “microbiota”.
Utilizar el término “flora” aplicado al intestino puede chocar, pero lo cierto es que hace referencia al número de especies de bacterias y levaduras (200 tipos como mínimo) que ahí cohabitan, como ocurre en los jardines botánicos. Y cada persona tiene su propia flora intestinal, tan personal como su huella dactilar.
Cuidar su propio jardín es responsabilidad de cada persona; resembrarlo con frecuencia, eliminar las malas hierbas, abonarlo…o bien abandonarlo. En este último caso, lo que era un bonito jardín inglés rápidamente se convertirá en un horrible y nauseabundo vertedero, refugio de especies nocivas que pueden provocar enfermedades.

Los malos olores no son normales

La función principal del colon es fermentar los alimentos que no se han digerido completamente para extraer los últimos nutrientes y hacer que pasen a la sangre. Cuando el colon está sano y funciona bien, sólo quedan residuos inutilizables que se evacuan con regularidad, y que no desprenden mal olor.
Por el contrario, en presencia de bacterias y levaduras nocivas, el tránsito se altera produciendo estreñimiento o diarrea y los residuos alimentarios huelen mal. Además, cuando se tiene una mala digestión, aparte de ser desagradable en sí mismo, nuestro organismo no puede extraer los nutrientes de la comida de manera satisfactoria. Si no se hace nada al respecto, se puede llegar a tener déficit nutricional, o incluso carencias.
La flora nociva produce también gas carbónico, metano e hidrógeno en abundancia. Y los gérmenes se extenderán hasta provocar bolsas de gas a lo largo del colon, generándonos la sensación de que vamos a estallar. Las flatulencias y gases no tienen nada de gracia. Indican una mala digestión y también que el colon necesita ayuda. Este círculo vicioso se origina por la falta de bacterias “buenas”, beneficiosas para la salud, que favorezcan la digestión.
Y llegados a este punto, retomo el caso del hijo de mi amigo que nació por cesárea.

La flora intestinal se determina en el nacimiento

La composición de la flora intestinal depende, en primer lugar, de la manera en la que nacemos.
Cuando nos encontrábamos en el vientre de nuestra madre, nuestro tubo digestivo era estéril. No tenía microbios.
Las bacterias y levaduras no se instalan en él hasta el momento del parto: 72 horas después de nacer, nuestro tubo digestivo contiene ya ¡millones y millones de bacterias y levaduras!
¿Pero de dónde proceden todas esas bacterias y levaduras? Aún lo desconoce mucha gente, pero para los niños que han nacido por parto natural proceden de la flora vaginal de la madre.
Ahora bien, la  flora vaginal depende en gran medida de la flora intestinal, por lo que las mujeres que en las últimas semanas de embarazo tengan una adecuada flora intestinal, dejarán a sus hijos una excelente herencia de especies microbianas para que siembren su intestino. Si por el contrario el intestino de la madre está contaminado por especies oportunistas y patógenas, por desgracia el bebé también las heredará.
De esta manera queda demostrado que la predisposición a padecer ciertas enfermedades tiene relación directa con un tipo de microflora que se transmite de madres a hijos en el nacimiento. En particular ocurre con los descendientes de mujeres que sufren asma o dermatitis. Si durante los últimos meses de embarazo la madre regenera su microflora (veremos cómo), el niño no será portador de una flora que pueda provocarle eczemas y/o asma. De esta manera tan sencilla se puede evitar que el recién nacido sufra una deficiencia que puede arrastrar de por vida, y que a su vez podría derivar en una bronquitis crónica que requeriría de asistencia respiratoria, convirtiéndole en una persona dependiente.
Existe otro caso igualmente preocupante y es el de los niños que nacen por cesárea.
El bebé que nace por cesárea, al ser extraído directamente de la placenta (habitáculo estéril), no tiene contacto con la flora de su madre. Recibe entonces la microflora del entorno, es decir, del hospital, que suele estar poblado de bacterias resistentes a los antibióticos, en especial la desgraciadamente famosa estafiloco aureus (Staphylococcus aureus).
Si no se corrige a tiempo, la flora intestinal de origen hospitalario puede tener consecuencias dolorosas para toda la vida.
Así que es muy importante que desde el momento mismo del nacimiento, las mamás a las que por fuerza debe practicárseles una cesárea siembren el tubo digestivo de su bebé con bacterias beneficiosas para la salud. Antes de hablar de cómo hacerlo, déjeme que puntualice que incluso una flora intestinal buena en el nacimiento puede llegar a desequilibrarse.

Cómo se puede romper el equilibrio de la microflora

Tras el nacimiento, el equilibrio de la microflora intestinal se encuentra en constante evolución. Se trata de un equilibrio dinámico que puede romperse por diferentes factores endógenos y exógenos:
  • factores endógenos (que se originan en el interior del organismo): puede que tengamos un sistema inmunitario deficiente o una enfermedad metabólica leve que ocasione una modificación de la flora intestinal. Si nos hacemos una herida o pasamos por el quirófano, tenemos una inflamación, estreñimiento crónico o un tumor en el intestino, la microflora también puede alterarse gravemente, lo que empeora los síntomas de la enfermedad prolongando la recuperación.
  • factores exógenos (que se originan en el exterior): una alimentación desequilibrada, la contaminación por metales pesados o por pesticidas utilizados en el campo o por aditivos alimentarios antimicrobianos, infecciones por gérmenes patógenos, niveles altos de estrés, tratamientos antibióticos, vacunas… Todo ello favorece la inhibición de las bacterias buenas, dejando espacio para que se reproduzcan los gérmenes oportunistas y patógenos que son responsables de enfermedades.
Las consecuencias pueden tener mayor o menor gravedad, e ir desde simples trastornos digestivos hasta la ruptura total de las defensas del organismo. En ese caso, se corre el riesgo de que los gérmenes se multipliquen hasta provocar una infección generalizada (septicemia), y potencialmente la muerte.
Esto demuestra que una flora intestinal equilibrada es clave a la hora de estar sanos y hacer frente a las enfermedades. Nuestro objetivo debe ser conservar la flora en un estado microbiológico perfecto.
CUIDAR LA FLORA INTESTINAL
Algunas de las bacterias presentes en la flora intestinal tienen un efecto positivo para la salud y para la vida en general: por ese motivo, los científicos las han bautizado como “probióticas” (beneficiosas para la vida). Estimulan el sistema inmunitario, reducen las alergias y alivian la inflamación del intestino. También impiden la producción de toxinas susceptibles de sobrecargar el hígado, mejoran el tránsito intestinal, disminuyen las flatulencias y previenen los trastornos digestivos.
Pero existen otras especies oportunistas o patógenas, susceptibles de originar problemas de salud de todo tipo, entre ellos alergias, micosis y hasta alguna enfermedad.
Entre las micosis, la candidiasis provocada por la Candida albicans es alarmante, puesto que la proliferación de este germen en el organismo provoca una alteración del sistema inmunitario que puede abrir la puerta a otras enfermedades, como el cáncer.
El reto es el siguiente: tenemos que favorecer la proliferación de bacterias beneficiosas mediante la implantación de especies favorecedoras de bacterias saludables y el uso del  “abono” adecuado. Y, al mismo tiempo, debemos impedir que se desarrollen las especies patógenas, origen de enfermedades.
A continuación puede ver qué medidas puede tomar para reforzar su sistema inmunitario, aumentar su vitalidad y, en definitiva, mejorar su bienestar.

Reducir el consumo de alimentos en estado puro

Se deben consumir con moderación alimentos en estado puro, no procesados, como la carne, el queso, las grasas y los azúcares simples (o monosacáridos), ya que pueden romper el equilibrio de la microflora.
Desde los años cincuenta, el consumo de alimentos en estado puro no ha dejado de crecer, con el consiguiente e incesante desarrollo de lo que llamamos enfermedades del mundo desarrollado: es decir, enfermedades cardiovasculares, trastornos digestivos, metabólicos, del sistema nervioso u osteoarticular, etc.
Sirva como ejemplo el elevado consumo de azúcares simples: sacarosa, fructosa, maltosa, lactosa, glucosa…
Todos los alimentos azucarados o que se transforman rápidamente en azúcares simples,  incluido el zumo de frutas, favorecen la proliferación de una flora fúngica que altera el sistema inmunitario, aumentando el riesgo de diabetes, obesidad, accidentes cardiovasculares y todo tipo de cáncer.
Puede parecer exagerado, pero hoy en día los médicos no tienen ninguna duda al respecto: un consumo elevado de azúcar produce hiperglucemia y, consiguientemente, hiperinsulinemia, que provoca la formación del tumor cancerígeno y acelera el crecimiento de células tumorales.
Los españoles consumen de media 43,8 kilos de azúcar al año, es decir, unos 120 gramos al día (equivalente a entre 15 y 20 cucharaditas de postre diarias). La mayor parte de este azúcar se “cuela” a través de productos elaborados (refrescos y bebidas azucaradas, cereales, derivados lácteos, etc. que se endulzan con fructosa, el principal edulcorante industrial). Esta cifra es alarmantemente alta. Debería reducirse como mínimo hasta colocarse por debajo de los 10 kilos al año. Y también deberíamos reducir el consumo de carne, grasas saturadas y lácteos.
Así que prioricemos las frutas, legumbres y cereales integrales, bayas, frutos secos, pescados grasos ricos en nutrientes como el colágeno, minerales, vitaminas liposolubles y ácidos grasos omega-3. Podemos tomar algo de carne, lácteos (sobre todo leche de cabra y oveja) y aceites vegetales (preferiblemente aceite de oliva o nuez), algo menos de grasas saturadas y muy pocos dulces.

Comer más fibra: es “prebiótica”

La alimentación moderna es demasiado rica en alimentos en estado puro (carne, queso, grasas y azúcares) y pobre en fibra. A pesar de no ser un nutriente esencial de nuestro cuerpo, la fibra alimentaria resulta indispensable para preservar la flora intestinal, que se alimenta de ella transformándola en ácidos orgánicos que protegen y regeneran la mucosa intestinal.
Algunas fibras alimentarias son solubles porque tienen poco peso molecular. Se las denomina “prebióticas” porque su objetivo es estimular el crecimiento de las bacterias “probióticas” o bacterias “buenas” del ecosistema intestinal.
Como nuestra flora intestinal se nutre de fibras, no podemos dejar que se eche a perder privándola de las fibras solubles que podemos encontrar, por ejemplo, en la fruta de temporada bien madura, en una gran variedad de legumbres (preferiblemente leguminosas y crucíferas) y en los cereales de siempre, pobres en gluten (arroz, mijo, avena, espelta…).
Consuma especialmente legumbres y frutas ecológicas, porque no contienen pesticidas (cancerígenos) ni conservantes (antibacterianos y antifúngicos que alteran la flora intestinal).
Además, en necesario evitar la ingesta conjunta de hidratos de carbono y alimentos ácidos (por ejemplo, cereales y cítricos, cereales o legumbres con vinagre o limón, tomate y pasta o arroz…), ya que los ácidos neutralizan la acción de las enzimas salivales sobre el almidón de los hidratos de carbono, con la consiguiente producción de toxinas en el intestino.

Redescubrir los productos fermentados

Todas las semiconservas fermentadas contienen bacterias del grupo láctico (Lactococcus, Enterococcus, Leuconostoc, Pediococcus, Streptococcus, Lactobacillus…).
Nuestros antepasados comprendieron instintivamente que los productos fermentados se conservaban bien y que su consumo era beneficioso para la salud. Desde comienzos del siglo pasado, el mundo de la microbiología ya puso poco a poco de manifiesto que algunas bacterias desarrolladas espontáneamente en los productos con fermentación láctica poseían características “probióticas”, es decir, beneficiosas para la salud.
El chucrut se viene consumiendo desde la época de los Romanos, y la col fermentada sigue siendo hoy un plato importante de la cocina centroeuropea, desde Alsacia hasta Ucrania. En Polonia, Ucrania y muchos países de Europa del Este se consume borsch, una sopa de verduras cuyo ingrediente principal es el zumo fermentado de remolacha.
También en los países asiáticos destaca el consumo de col fermentada, como en el kimshicoreano, aunque la mayoría de las verduras pueden consumirse de esta manera: zanahorias, berenjenas, cebollas, pepinos…
En la cocina occidental, las aceitunas, pepinillos, remolacha, nabos, etc. se conservan mediante fermentación láctica. No obstante, la industria agroalimentaria tiende cada vez más a conservar los productos en escabeche o en vinagre, o a esterilizarlos tras la fermentación, lo que destruye las bacterias. La cerveza de hoy en día suele pasteurizarse a pesar de estar fermentada, por lo que contiene muy pocas bacterias y levaduras.
Por el contrario, la leche fermentada es muy rica en bacterias beneficiosas para la salud con características “probióticas” de diferentes propiedades en función de la especie y biotipo bacteriano utilizado.
Es el caso del yogur (fermentado por Streptococcus thermophilus y Lactobacilus bulgaricus),la  leche acidófila (fermentada por Lactobacillus acidophilus), la leche con bifidus(fermentada por Bifidobacterium bifidum, longum, breve o lactis), el kéfir (fermentado por varias especies de Lactococcus, Leuconostoc, Lactobacillus, Sacharomyces, Kluyveromyces, etc.). Todos estos tipos de leche fermentada son importantes para la salud, especialmente si la materia prima procede de cabra, oveja o yegua. En lo que respecta a los yogures clásicos, cada vez más y más personas desarrollan una intolerancia a la leche de vaca, que se manifiesta en inflamaciones como rinitis, sinusitis, artritis, artosis, etc.

Comer adecuadamente

Mastique y ensalive bien los alimentos, sobre todo aquellos ricos en almidón, como los cereales, las frutas, las verduras y las legumbres. Masticar adecuadamente garantiza que la primera fase de la digestión tenga lugar en la boca bajo los efectos de la amilasa de la saliva, evitando una fermentación intestinal putrefacta que produzca toxinas.
No abuse de los alimentos que en ocasiones producen reacciones de intolerancia, como pueden ser la leche de vaca y sus derivados, los cereales modernos ricos en gluten y sus derivados.

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